23 octubre 2012

Tras la muerte de Silvana Mangano

Silvana Mangano, la musa del neorrealismo y posteriormente de realizadores como Luchino Visconti o Nikita Mijálkov, murió ayer en una clínica madrileña, víctima de un tumor irreversible. Tenía cincuenta y nueve años y su proverbial discreción la ha acompañado hasta el fin. La actriz estaba hospitalizada desde el día 4, si bien sus familiares habían mantenido en secreto hasta el jueves la gravedad de su estado. Incluso al hacerse público el fallecimiento, los abogados de la familia y los médicos de la clínica La Luz han puesto todos los obstáculos posibles a los informadores, que acudieron en alud.

«No estaba preparado para una pérdida así», declaró nada más conocer la noticia Pedro Almodóvar, expresando el sentimiento común a varias generaciones de rendidos admiradores. Silvana Mangano había roto en 1983 su matrimonio con el productor italiano Dino de Laurentiis, y desde hace tres años pasaba largas temporadas en Madrid, con su hija Francesca, casada con José Antonio Escrivá, hijo del productor y director español Vicente Escrivá. Vivía entonces apartada del mundillo cinematográfico en el chalé que su hija posee en la urbanización La Moraleja. Incluso había vendido sus casas en Nueva York y Santo Domingo.

El jueves los médicos declararon que la actriz se hallaba en estado de coma irreversible, como consecuencia de un tumor en el tórax. El día 4 sufrió una intervención quirúrgica, y desde entonces se la había estado aplicando infructuosamente radioterapia intensiva. La zona afectada por el cáncer era la parte posterior del esternón, por lo cual el tumor alcanzaba órganos vitales como corazón y esófago y arterias como la aorta. La causa de la enfermedad pudo ser el exceso de tabaco. «Lo revelamos ahora -han declarado los hijos de la actriz- porque, incluso en el caso de que sirva para que sólo una persona deje de fumar, nos sentiremos consolados». El deseo de la familia es que Silvana Mangano sea incinerada en Madrid y sus cenizas enviadas a Nueva York, donde reposarán junto a las de su hijo Federico, muerto en 1981 los veintiseis años en un accidente de avión en Alaska. Con Silvana Mangano desaparece una de las mejores actrices dramáticas europeas, pero sobre todo un símbolo.

Nacida en 1939 en Roma de madre inglesa y padre italiano, su destino cinematográfico parece sacado, en sus comienzos, de aquella película neorrealista de Luchino Visconti, Bellissima: a los quince años ganó un concurso de belleza, y pudo tener un papel en Elixir d'amore. Pero su verdadera revelación llegó cuando contaba diecinueve años, de la mano del director Giuseppe de Santis, que la convirtió en protagonista de Arroz amargo, una película populista, en clave de drama rural, que sufrió censura en España y significó la consagración de la joven Silvana como mito erótico en todo el mundo.

Tres años después protagonizó, dirigida por Alberto Lattuada, Ana, y bailó el famoso «baion», uno de los episodios musicaleróticos más famosos del cine de postguerra. A partir de ahí, Silvana ingresó en el club de las llamadas maggiorate, señoras de trapío del neorrealismo italiano en cuya alineación titular militaban figuras como Gina Lollobrigida o Sofía Loren. Silvana Mangano llegó a trabajar con la flor y nata de los realizadores italianos surgidos del neorrealismo: Vittorio De Sica, Luigi Camerini, Mauro Monicelli, Dino Risi, Carlo Lizzani y, desde luego, Pier Paolo Pasolini (una inolvidable Clitemnestra en Edipo Rey, rodada en el norte de Africa, y la críptica Teorema).

Con Pasolini, la imagen de Silvana Mangano cambió definitivamente, alejándose de la musa del neorrealismo y de los «peplum» de romanos tipo Ulises o Barrabás. De su colaboración con el famoso director de los años 60 data una Mangano de sonrisa entristecida y serena: del «riso» (arroz) había pasado al «sorriso amaro» (sonrisa amarga). Luchino Visconti se apoyó en ella en 1970, como contrapunto a Dirk Bogarde, en su archifamosa Muerte en Venecia: Mangano era allí una aristócrata rusa, que escanciaba susurros en francés y lanzaba miradas altivas y lúcidas por las desconchadas y mugrientas esquinas de la Ciudad de los Canales. Luego Visconti la escogería también para La caída de los dioses y Violencia y pasión. En los últimos tiempos espació sus actuaciones en la pantalla. Con David Lynch, el director de El hombre elefante y Terciopelo azul, rodó Dune, una especie de ópera astronáutica, en la que aparecía con el cráneo rapado como madre del héroe.

Los nuevos talentos del cine se la disputaban. En 1986 triunfa en Ojos negros, compartiendo estrellato con Marcello Mastroianni, y bajo la dirección del ruso Miljálkov: un auténtico canto del cisne .

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