08 octubre 2012

Las debilidades humanas del Real Madrid


En los entresijos de la magia se buscaron algunas claves capaces de influir en la suerte del lance y de anticipar el resultado: que si el Madrid nunca había perdido una eliminatoria con un 20 en contra; que si Vautrot jamás había pitado el final de un partido adverso para los blancos; que si éstos habían eliminado a los dos últimos campeones; que si el traje que lucía Mendoza el día del 50 había sido vendido; que si el cumpleaños de Van Basten; que si el Palace en lugar del Ritz; que si amuletos; que si Laureano el telépata; que si la camiseta de la suerte de Toshack; que si milagros; que si brujas; que si noche mágica; que si sofronización a cargo de los manes familiares... Luego, sobre el césped, todo fue muy terrenal. Y el Madrid se mostró como el más humano de los dos equipos.

En él nos reconocimos los pobres seres que poblamos este planeta. Muchas de las características de nuestro desventurado género las representó el Madrid: las ganas, los nervios, la amargura, el sacrificio, el dolor... Pero, sobre todo, la impotencia, la locura y la violencia. La imagen del equipo español fue la de una triple tara y, en su persistencia e intensidad, la de un triple destino. Y un triple maleficio. En nada recuerda este Madrid a su augusto antepasado. Ni en el juego ni en el comportamiento. Ni en el fondo ni en la forma. La «quinta» ha pasado del escepticismo al desprestigio. Ayer perdió incluso su frágil belleza.

Ayer extravió su ángel, y ni siquiera nos permitió el consuelo de compadecerla, porque sólo mereció repudio. Ayer se rompió un sueño de difícil restauración, porque se ha vuelto feo además de desdichado. ¡Pobre Real Madrid, de tierno y cristalino corazón, al que su debilidad ha ido endureciendo y enturbiando!. Ha pasado sin escalas de la hermosura inoperante a la tosquedad improductiva, cuando no a la inanición. Lo que antes era transparencia, ahora es invisibilidad. Lo que antes eran lagunas es ahora vacío. Y nos sentimos engañados más que tristes, y nos hemos quedado más desnudos que vejados.

Tras el partido de ayer se plantea una duda metódica, existencial, generacional y operativa. Y nos gana el asombro al ver a un Michel al que el sol ha derretido las alas y que ahora ni sabe caminar. Y nos domina la sorpresa al contemplar a un Buyo en el que el nerviosismo ha degenerado en epilepsia. Y nos avergüenza ese Sanchis en el que el hacha ha sustituido al bisturí. Y nos llenan de estupor la estética estática, la clase desclasada y la casta descastada. El Milán y el Madrid siguen haciendo historia y llenando páginas.

En estos dos últimos años, la primera fue un mazazo; la segunda, una matanza; la tercera, una afrenta; la cuarta, un estigma estructural. La «quinta» no ha alcanzado el albergue de la sexta felicidad, y la séptima Copa de Europa se difumina en el horizonte. Adiós a la octava maravilla. No surtió efecto la novena a Todos los Santos. Este nuevo pero repetido drama debería ser llorado en poesía. En una décima, naturalmente.

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