02 abril 2018

Como caído del cielo

Llegué a una aldea que rodaba por una colina de arena negra cercada por el desierto. A aquella hora el horizonte era una tapia de sol y en el cielo extenso perduraba una cicatriz de tiza señalando el paso de un reactor a 10.000 pies sobre el nivel del mar. Las casas de barro cocido proclamaban su unánime deseo de ser derruidas. Los esqueletos de algunos árboles que imprimían en la piedra gris del suelo los garabatos de sus sombras identificaban la plaza del pueblo: un erial en un falso llano con bancos de madera y desvencijados columpios en los que hacía mucho que nadie embaucaba al tedio. Desde hacía varias tardes se congregaban allí todos los vecinos de la aldea para escalar la noche y la madrugada con velas encendidas, rezos y plegarias elevados a un Dios que les había condenado a la peor sequía del siglo, al exilio a la consunción. Los más jóvenes se vieron forzados a escapar de la aldea, buscar refugio en los suburbios de la ciudad donde al menos afrontarían la miseria con esperanzas de salir de ella. Quedaron en la aldea ancianos desgastados por la desesperación a los que sólo la ciega confianza en que sus vidas estaban dictadas desde el principio al fin les impedía concederse la satisfacción de abreviarlas.



Todo esto lo intuí conversando con uno de los ancianos que integraba la muchedumbre congregada en la plaza de la aldea. Le pedí que me explicara por qué se habían reunido para rezar y me contó que estaban solicitando al cielo que acertara a estrellar un cohete de la NASA en plena aldea, que destrozara todas las casas y se llevara por delante algunas vidas para merecer así las generosas indemnizaciones estipuladas por el gobierno americano para recompensar a las víctimas de su artefacto. Le pregunté el nombre del cohete, y respondió: Skylab. Una hinchazón infinitesimal debió producirse en mis pupilas.

El Skylab era un laboratorio espacial que los norteamericanos colocaron en órbita baja para recopilar datos acerca del espacio exterior más próximo a nuestra atmósfera. Había caído en 1978, cuando yo contaba 11 años. Recordaba con cierta nitidez aquellas noches de julio mirando al cielo, cosquilleándome en la boca del estómago la certidumbre de que alguno de los tornillos de aquel artefacto iba a desnucarme.

Había oído en la televisión que el porcentaje de probabilidades apuntaba al Océano Pacífico como casi seguro depositario de los restos del cohete, pero la desobediencia de éste a las órdenes de la NASA podía desviarlo a cualquier punto del planeta, y por lo tanto un burdel de Chicago tenía las mismas posibilidades de ser elegido por el Skylab que una guardería de Barcelona, una aldea nómada del Sáhara o la catedral de Milán. Escrutaba el inmenso estanque de aguas negras que pendía sobre nuestras cabezas tratando de adivinar en qué lugar se encontraría en aquel momento el Skylab fijando su mirada sobre la superficie del planeta, vislumbrando en qué punto decidiría destruirse. Los informativos no me sosegaron al dar noticia de que, probablemente, las 30 toneladas del animal astronómico quedarían reducidas a una lluvia de tornillos incendiados cuando chocara contra la barrera atmosférica.

Se multiplicaban así las posibilidades de ser alcanzado por el cadáver letal del cohete, pues, de acuerdo, un tornillo ígneo tal vez no convirtiera en escombros a la catedral de Milán, pero si se las arreglaba para dar en tu ventana y alcanzarte el cráneo mientras dormías, sería complicado volverse a despertar.

Sentí, ante aquel aldeano, que había descendido por una escalinata de ceniza hacia un sótano de tiempo abolido, que había retrocedido así casi 20 años para regresar a la noche en que el Skylab caería sobre la tierra. Me recordaba, oculto entre las sábanas, vigilando las manecillas del reloj y desgranando oraciones que me protegieran del impacto. Llegué a reclamar a mi madre que encendiese la radio para comprobar así que el Skylab ya había aparcado su cadáver en algún punto de alta mar o había escampado la lluvia de tornillos astronómicos cobrándose unas cuantas víctimas entre las que por fortuna yo no me contaba. Naturalmente no sabía nada acerca de las indemnizaciones que la NASA había estipulado para recompensar a los damnificados de su díscolo juguete. Tardé muchos años en enterarme de que una compañía de seguros se había apuntado un excelente tanto al aprovechar la caída del Skylab para anunciar que realizaría una campaña publicitaria en el lugar donde el cohete cayera, campaña que protagonizarían los deudos de las víctimas del aparato recitando todos a coro: «Porque lo que cae del cielo a veces sí hace daño, compañía de seguros...»

No traté de explicarle aquel aldeano que el Skylab había caído ya hacía casi 20 años. Me agregué a la muchedumbre que horadaba el silencio con un rezo unánime. Me cedieron una vela que encendí para sumar luz a la señal que aquella aldea dirigía a su sordo Dios para que tuviera piedad de ellos, los destruyera y a cambio de semejante sacrificio hiciera ricos a sus hijos, los salvara de la prostitución o la mendicidad, de las 10 horas diarias fregando baldosas y la venta de drogas en callejones de oscuridad afilada. Me limité a observarles, rostros iluminados por la lengua amarilla de una vela, acentuadas sus arrugas, sus rasgos espectrales y cansados, ocultos en la oscuridad los harapos que los cubrían, cubiertos de polvo e incuria. Elevaban al cielo un rumor de lengua muerta que se acabaría estrellando contra la campana de aire calcinado que disparaba la temperatura a más allá de los 30 grados.

Y mirándolos recordé aquella otra noche de calor pegajoso en la que el Skylab caería sobre la Tierra, la radio encendida en el cuarto de mis padres y superpuestos a las canciones melancólicas con las que una emisora trataba de medir la madrugada, los ronquidos eurrítmicos de mi viejo como una quilla de pura realidad que se obstinaba en demostrarme que la pesadilla que yo estaba habitando carecía de sentido. Pero juro que, aunque el paso de los años ha corregido aquella noche con el clima de extrañeza y bruma que tienen los recuerdos de los que no sabemos definir si corresponden a instantes vividos, soñados o leídos, durante las horas en las que la vigilia me castigó sin querer derramarse en el sueño o la inconsciencia, acogí la certidumbre de que alguno de los tornillos del Skylab acabaría abriéndome la cabeza. Oía el tenso rumor del cohete perdiendo altura, una respiración de bestia que aguarda en la penumbra, un llanto de viento que arranca de las copas de los árboles una canción antigua. Me imaginaba a aquel mastodonte de 30 toneladas arrimándose a la atmósfera, transformando al chocar contra ella en una lluvia de escombros siderales que multiplicaría las posibilidades de causar víctimas en diversos puntos del planeta.

¿Cómo no se habían enterado de que hacía ya casi 20 años que el Skylab había caído, aquellos ancianos a los que la necesidad de sacrificio recopilaba en la plaza de la aldea cada noche para pedirle al cielo que acertara a destinarles el Skylab y merecer así la fortuna de las indemnizaciones estipuladas por la NASA y la compañía de seguros? Imaginé a los operativos de ésta ideando sus spots publicitarios en aquella aldea, las casas de barro cocido ya deshechas por el impacto del Skylab. Imaginé a uno de los herederos de aquellos ancianos pronunciando: Porque lo que cae del cielo a veces hace daño, hágase un seguro con la compañía... ¿Qué podía hacer por sacarles de su error? ¿Cómo iba a contarles nada a aquellos miserables que seguían trepando hasta el amanecer cada madrugada -un murmullo de adoración o ansiedad se levantaba cada vez que la impasibilidad del cielo era rota por una estrella fugaz o las luces de algún avión- aguardando que el Skylab los sacara de la miseria? ¿Cómo iba a aliviarles de la ceguera informándoles -casi 20 años después de aquella noche en la que creí que yo iba a ser una de las víctimas del cohete- de que el Skylab cayó en efecto un 17 de julio, descompuesto en tornillos, uno de los cuales le destrozó la testuz a una vaquilla australiana cuyo propietario protagonizó el spot de la compañía de seguros y cobró la millonaria indemnización de la NASA? Guardé silencio. Los acompañé en sus rezos, deseé junto a ellos que el Skylab cayese en la aldea y nos matase a todos, hasta que una membrana de sol coloreó el horizonte y seguí mi camino.

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