21 noviembre 2012

La Semana Santa está cada vez más carnicera

Con el Domingo de Resurreción infernal que atestó las carreteras españolas, concluyó el clímax picante de la Semana Santa, cada vez más pagana y carnicera. Sí, ya sé que nadie se escandaliza y que resulta absurdo pedir peras al olmo ahora que todos se nos pudren misteriosa e irremisiblemente, pero es que en este país, hasta hace nada beato, ictiófago y verdulero, jalar cochino por estas fechas estaba muy mal visto. Y fornicar era pecado capital.

Pues había que verlos ahora con democracia y sin bula, atiborrándose la Semana Grande de las cosas más inmundas: sesos, criadillas, lomo embuchado, alitas de pollo, ¡jeta frita!, chorizos flatulentos, oreja retorcida, lengua estofada y enmudecida, magro de cerdo grasiento, cabrito asado, callos pellejosos y las tiritas de beacon sanguino, etc..., la lista de busheries que se cometen en el mundo es infinita. Ya nadie guarda los cuarenta y seis días de ayuno y vigilia, cuaresmar quedó fuera de moda y de la devoción se pasó a la juerga del alcohol y el colesterol con la velocidad del tocino.

¿Dónde quedan los días de endolencia, la pasión purificadora que nos amojamaba las carnes y le daba un sabor a ahumado al espíritu? Con tanta molla animal se nos van a molificar los sesos, porque al igual que la velocidad se reduce con el tocino, vraiment, la molla blanda, mórbida y la mollera dura están emparentadas como en las mejores familias. Los médicos nos advierten de las plaquetas de grasa que entorpecen las venas, la gota y las secuelas de infarto; la Iglesia se queja de flaccidez espiritual y los políticos, que son más pragmáticos, trafican pura y simplemente con la violencia porcina.

Ay, dónde iremos a parar con tanta bulla impropia y festiva, la mollidura que aqueja nuestras antaño sacrosantas costumbres, el agua inyectada, que no bendecida, los piensos de pescado que les dan a las gallinas y las hormonas raritas. Si bien yo no cato estas delicias ni dormida, me temo que tampoco voy a quedar libre de culpa, porque en vez de recorrer las estaciones y cantar las aleluyas, me fui a ver en El Barco de Avila una gran corrida: Ruiz Miguel, Manzanares y Juan Mora, el de la bella figura. Dios, qué sofocón, pero qué busherie tan atrevida; eso era algo más que sobriedad y lascivia.

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